Elijo el platinotipo porque creo que ninguna tecnología es neutral. Cada técnica conlleva una historia, y toda historia puede ser cuestionada.
La fotografía participó en la invención del racismo científico. Prestó su supuesta objetividad para respaldar teorías que medían cráneos, comparaban rasgos y organizaban a las personas en escalas de humanidad. La eugenesia no solo produjo leyes y discursos; produjo imágenes. Y estas imágenes ayudaron a construir un imaginario en el que la blancura se presentaba como la norma y la negritud como una desviación.
Por lo tanto, cuando una mujer negra elige un proceso fotográfico del siglo XIX, esa elección nunca es meramente estética. Es política.
El platinotipo me interesa porque su escala tonal desestabiliza cualquier intento de clasificación rígida. Entre blanco y negro no hay frontera. Hay un universo de transiciones. La luz no establece jerarquías; revela continuidades. Es el pensamiento racista el que transforma las diferencias en desigualdades.
Durante mucho tiempo, nuestros cuerpos fueron interpretados por lentes que no nos pertenecían. Por eso, producir imágenes es también producir conocimiento. Fotografiar es decidir quién merece ser visto, cómo será visto y qué historias perdurarán.
Mi investigación rechaza la idea de que la piel negra pueda reducirse a una categoría fija. Cada fotografía afirma que nuestros matices son muchos, que nuestros recuerdos son múltiples y que nuestra existencia siempre ha trascendido las narrativas coloniales. Lo que la eugenesia intentó simplificar, yo lo devuelvo en complejidad. Lo que intentó borrar, yo lo transformo en presencia.
No busco recuperar una técnica antigua por nostalgia. Reclamo el derecho a ocupar una historia de la fotografía que también es nuestra, aunque los libros insistan en relegarnos a sus márgenes. Pararme frente al platino, sensibilizar el papel e imprimir nuestras imágenes es afirmar que la producción de conocimiento, arte y memoria también pasa por manos negras.
Mi trabajo es un ejercicio de reexistencia. Hago de la fotografía un espacio para confrontar el racismo porque entiendo que el colonialismo también opera a través de la mirada. Si él nos enseñó a ver los cuerpos negros desde la ausencia, yo elijo construir imágenes que emanan de la abundancia: de luz, de ascendencia, de afecto y de dignidad.
Cada fotografía es un rechazo a las ficciones raciales que aún organizan el mundo. Cada matiz de gris afirma lo que la supremacía blanca ha intentado negar: la humanidad negra nunca ha faltado. Lo que ha faltado es una mirada dispuesta a reconocerla.
Mi fotografía no responde al archivo colonial. Contribuye a la construcción de un archivo negro, donde la imagen deja de ser prueba de violencia para convertirse en testimonio de nuestra permanencia.

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